
Miércoles 10. Rápido, al Bernabéu, a recoger unas entradas de cine con las que el club merengue agradece a los simpatizantes su aportación anual. Y después... un café.
Un café que te revive, que te emociona, que te hace volver a lo que eras, que te devuelve la sonrisa: esa sonrisa que perdiste hace años. Luminosidad, alegría, claridad. Ese café que te hace pensar en todas las bajezas ocultas que llevan tiempo escondidas en lo más profundo. El café con el que meditas.
Jueves 11. Rápido, al cine, a salir antes del trabajo para llegar a tiempo al evento. Ese evento céntrico al que medio Madrid ha ido. Ese evento que te brinda parkings completos, calles repletas de gente, de luces, de frío.... y de coches.
Martínez Campos, Recoletos, Paseo del Prado, Atocha... y a dormir. A soñar en cómo pudo ser la película, y a intentar no verla jamás, por la rabia que produce no haber podido llegar.
Entonces..... ¿mereció la pena correr y correr el día anterior para conseguir las entradas? Sin duda alguna sí. Sí mereció la pena. Y repetiría
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